
"Brody, si esta es otra de tus mentiras...", amenaza Jessica en un tono mezcla de desesperación, incertidumbre y en el fondo algo de alivio. Una amenaza que probablemente todos (personalmente yo) hacemos desde dentro. "No lo es. Lo juro por Dios. Es la verdad", concluye un Damian Lewis convincente y convencidísimo. Y el caso es que, como a Jess, y a pesar de que lo ha jurado por el mismo Alá, todavía me resulta inevitable mirarle con recelo.
En lo que sí puedo confiar definitivamente es en la serie en sí. Con cada episodio de la segunda temporada de 'Homeland' mi desconfianza inicial se ha ido diluyendo, pero han hecho falta cinco episodios, y especialmente este quinto (afianzándose mi teoría sobre el 5 en las series), para asegurarme de que la serie de Showtime se une definitivamente a esa tanda de series que hacen de la televisión un lugar mejor; y que, lejos de perder el norte tras una primera temporada que plantó el listón muy alto, está sabiendo explotar su merecido éxito con una calidad incuestionable. A base de bien.